EL NO DE LOS COLOMBIANOS NOS OBLIGA A LOS VENEZOLANOS

Thaelman Urgelles

No lo hice público, pero me cuento entre quienes -desde afuera y luego de mucho leer, escuchar y pensar sobre el tema- creímos que los colombianos debían aprobar el acuerdo de paz entre el gobierno y las FARC.

Hoy, ante el contundente rechazo de Colombia al proyecto de paz del presidente Santos, nos corresponde rendir el mayor respeto a los valientes ciudadanos de ese hermano país. Y digo contundente, porque las décimas de punto que sacó el NO sobre el SÍ pesan una tonelada moral y política en las condiciones en que se realizó el plebiscito.

Era evidente el ventajismo del gobierno y quienes lo apoyaban: desde la redacción de la pregunta, la presión propagandística sobre la población, incluidas amenazas infundadas de que la guerra retornaría si no se ganaba el Sí, la firma del acuerdo antes de la votación, la asistencia de importantes líderes mundiales a ese acto, etc.

En ese contexto, el Sí estaba obligado a vencer holgadamente, en cambio una mayoría del No por un solo voto adquiere una contundencia histórica e irrebatible que obliga a repensar todo el tema de la paz en Colombia, a renegociar el acuerdo y llevará incluso a peticiones de renuncia del presidente.

Los colombianos interpretaron que todo el proyecto de paz terminó siendo un proyecto personal de Santos y en esa medida se lo rechazaron. Ello no significa que los colombianos no desean la paz; la desean pero bajo condiciones que garanticen la gobernabilidad del país en el largo plazo. Y así lo expresaron con claridad, como corresponde hacer con determinación a un pueblo y a su dirección política.

Ahora bien, la histórica decisión de los colombianos contiene una fuerte porción de compromiso para nosotros los venezolanos. El NO de Colombia nos obliga a obtener el Referendo Revocatorio en 2016, sin posibilidad de negociación para 2017. Allá, el replanteo de todo el entramado de paz montado en La Habana por Santos y las FARC fue el resultado de un pueblo insatisfecho y a una dirección política decidida y valiente, capaces de hacer valer sus derechos y opiniones.

El poderoso mensaje de los colombianos no es sólo para su gobierno y la guerrilla, alcanza también a la comunidad internacional que sinceramente apoyó el acuerdo y a nosotros sus vecinos, que nos aprestamos a hacer valer nuestro derecho a decidir el cambio que anhela y necesita el país.

Y concretamente a nuestra dirección política, la MUD: aquí ya no caben nuevas postergaciones de la conducta inquebrantable que se requiere para torcer el brazo de la pandilla delictiva que con ardides pretende evadir la exigencia de cambio constitucional del 85% de los venezolanos.

La recolección del 20% en escala nacional debe convertirse en un acto que obligue a convocar el Referendo antes del 10 de enero de 2017. Sobre este punto no hay negociación posible. Cualquier retroceso o concesión sería imperdonable. Sería, ni más ni menos, un desconocimiento de la voluntad popular tan grave como el que pretenden el régimen y su CNE.

Algunos se preguntarán por qué escribo estas cosas que ya han sido proclamadas por la MUD en acto y documento público. Bueno, pienso que en los próximos días convendrá recordarlo con frecuencia y lealtad, como se insiste con un hijo que prometió estudiar más o con un amigo que se comprometió a abandonar la bebida.

@TUrgelles

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“El Show de Truman” en Margarita

Thaelman Urgelles

¿Recuerdan ustedes “The Truman Show”, la estupenda película sobre un mega-programa televisivo transmitido 24 horas diarias durante la vida entera de un joven, desde que nació hasta una edad cercana a los 30 años? Jim Carrey representa a Truman, el joven que fue tomado desde su nacimiento por un canal de TV para protagonizar su propia “historia real”, seguida eternamente por miles de cámaras situadas en un fantástico “estudio”: una ciudad completa con urbanizaciones, autopistas, tiendas, rascacielos de oficinas y hasta una playa para el esparcimiento de Truman y sus vecinos. Estos son representados por miles de extras de las más diversas condiciones sociales, profesionales y étnicas, para mostrar a los espectadores el más cabal entorno vital que podía construir el ambicioso director y productor del programa.

Sin reparar en que su vida entera ha sido un montaje que día a día se repite sin mayores cambios, Truman transita la farsa hasta que algunos datos de la rutina comienzan a hacérsele extraños; comienza a hacerse preguntas y dos episodios cruciales producen un giro radical en su mente: el actor que antes había interpretado a su padre (ahora muerto) aparece ante sus ojos en un nuevo rol secundario; además, Truman se enamora de uno de los personajes femeninos y la actriz que lo encarna se encariña con él, más bien conmovida por su triste situación.

Truman rebobina su vida y pronto descubre que toda ella ha sido una mentira, que él no es sino el infeliz prisionero de un espectáculo cuyo alcance ni siquiera logra precisar. El descubrimiento desencadena una sostenida lucha del joven por recuperar su libertad, mediante el logro de una vida auténtica que él mismo no sabe muy bien cuál será. Una y otra vez Truman intenta escapar de la enorme bóveda que es el estudio edificado para “su vida”, mientras el productor del programa le interpone los más sofisticados obstáculos para impedirlo. Todo esto ante los ojos de millones de tele-espectadores, que siguen insomnes la peripecia y van tomando partido por el muchacho, incluida su actriz amada, quien ha sido expulsada del reparto para cortar en seco el primer vínculo real que tuvo Truman.

Finalmente Truman logra su cometido, navegando en el mar de utilería entre tormentas generadas por los efectos especiales de la producción, esta vez una metáfora casi literal de la epopeya que por años han protagonizado miles de cubanos en busca de su libertad. Al vencer el último obstáculo lo espera la libertad, bajo la forma de su amada, quien ha corrido desde su televisor a encontrarlo en la puertita que él logra abrir en el enorme muro que cercaba su vida (otra calcada metáfora, ese muro con su respectiva “puertita”, como lo describe Donald Trump).

Pues bien, la brillante metáfora que fue el “El Show de Truman” acaba de adquirir patente de realidad en el sainete montado por Nicolás Maduro para la Cumbre de los Países No Alineados. No podía ser otra que nuestra amada Margarita el escenario escogido por estos farsantes para efectuar su montaje: hasta no hace mucho la isla ofrecía las condiciones naturales de un pequeño paraíso terrenal, adonde nos íbamos en vacaciones a vivir la experiencia de un país sin problemas, y adonde se han mudado miles de compatriotas suponiendo que allí estarían a salvo de la minuciosa destrucción que el chavismo ejecutaba en el resto del país.

Para la dictadura, Margarita ofreció otra condición ideal para el montaje. Ella podía ser aislada de presencias inoportunas que le ensombrecieran el show planeado. Y no vacilaron en poner en práctica todas las prohibiciones y obstáculos necesarios para blindar una cuarentena total para la isla: prohibición de vuelos no autorizados, bloqueo de toda embarcación privada no autorizada, veto a los parlamentarios y otros políticos ajenos al PSUV para visitar la isla; y sobre todo una férrea vigilancia policial y militar sobre los pobladores margariteños, para evitar que una nueva Villa Rosa les afeara la coronación del pobre Nicolás Maduro como como “líder mundial”.

Pero les quedaba un asunto por resolver: no podían presentar ante los visitantes una isla vacía de pobladores, sus hermosas playas sin bañistas, sus centros comerciales sin compradores, sus restaurantes sin comensales y los anaqueles de los automercados vacíos, como se encontraban antes de la Cumbre y se mantienen en el resto de Venezuela. Así que se llevaron varios barcos llenos de comida, ropa y otros artículos para llenar las tiendas, y a miles de chavistas y otros enchufados para ponerlos en las playas y centros comerciales. Abundantes extras y utilería, pues, como en la producción cinematográfica, para escenificar por una semana una sociedad ficticia ante los ojos extranjeros.

No resulta, por cierto, una novedad, este montaje de realidades ficticias por parte de los despotismos totalitarios: son famosos los documentales de la alemana Leni Riefenstahl para magnificar el poderío nazi, o la habilitación por estos mismos de campos de concentración “humanitarios”, en los que las familias judías jugaban cartas y felices tomaban el té por las tardes ante las cámaras de los reporteros y “observadores” invitados.

Stalin y Mao fueron imaginativos y prolíficos en la construcción de paraísos imaginarios de campesinas rollizas con sus mejillas sonrosadas y niños de pañoleta roja en escuelas y centros recreativos de utopía. Y no pocos venezolanos fuimos testigos de los paseos guiados de Cuba Tour, donde los turistas eran eficazmente conducidos por un Pangloss tropical con uniforme de guía turístico y carnet de la Seguridad del Estado a buen resguardo. No olvido la conmovedora visita al Hospital Psiquiátrico, donde los visitantes lloraban de emoción ante la “humanitaria psiquiatría socialista” que les era presentada en aquella escenografía para cándidos, encubridora del más cruel objeto que a esa ciencia adjudican los revolucionarios socialistas: diagnosticar enfermedades mentales a disidentes, homosexuales y otras “escorias sociales”.

Como lo hizo Truman, los valerosos margariteños y el pueblo todo de Venezuela encontraremos los medios para superar los perversos bloqueos que la pandilla gobernante, con la tutoría de sus maestros cubanos y españoles podemitas, trazan alrededor de nuestros anhelos de libertad, transparencia, nivel de vida y progreso material.

@TUrgelles